Las palabras se las lleva el viento: A su debido tiempo


indiferencia

“Ningún amor es tan verdadero como aquel que muere sin haber sido revelado”…

Siempre me ha parecido extraño como a través del tiempo, vamos comprendiendo ciertas cosas que en el pasado no entendíamos. Existen cosas un tanto superficiales, como por ejemplo por qué se hace de noche y luego vuelve a amanecer, por qué el agua se congela y se puede evaporar, incluso por qué algunas aves pueden volar y otras sólo caminar.
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Good bye…


GOODBYE-LOVE-LETTER

Do you know?
Really I’d never needed to nobody, until I met you. Another time is exactly as before, my world is gray again but I have the hope that one day not too distant, I’ve of find one more time the color and the hapiness…

The difference with the past is that already I met this feelings. Now simply I know it,  I’ll find someone else to love me as as I loved you…
I will never surrender, I know that I will find the love again.
All will be fine, everything will return to be like yesterday…

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Celebra Google el día del amor


Con una animación que cuenta una tierna historia de amor infantil, es como la compañía de Silicon Valley muestra que en cuestiones del amor ni si quiera el buscador más famoso de todos los tiempos, tiene las respuestas.

En el video se ha recreado una historia de un niño enamorado que hace hasta lo imposible por conquistar a su amada. Finalmente se da cuenta que el mejor regalo no tiene precio, pues simplemente tiene que ser él mismo.

Simplemente amor


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Hace mucho tiempo existió una pareja muy feliz. La joven era muy linda, la más hermosa del lugar… Pero cierto día enfermó extrañamente y requirió ser hospitalizada.

Estuvo algunos días en el hospital y finalmente le dieron una noticia que cambiaría su vida para siempre. A causa del diagnostico tomó una fuerte decisión, evitaría a su novio a toda costa.

Fue poco el tiempo que ella pudo mantenerse alejada de él, a la semana lo llamó para confesarle su padecimiento y le dijo que le detectaron una rara enfermedad degenerativa que le deformaría el rostro, "fue por esto que preferí esconderme, no quiero que me veas de esta forma y sinceramente no creo que lo nuestro funcione así", le dijo. El novio, pensó un momento y le dijo que después hablaban…

Tres días después él la llamó y le comentó que le guardó un secreto por meses, su vista estaba fallando. Le dijo también que visitó a un doctor el cual le dijo que su enfermedad estaba muy avanzada y que pronto se quedaría ciego. "Sólo te necesito a mi lado", le dijo…

Ella no lo pensó mucho y aceptó seguir con él, pues supuso que si él no la vería todo sería como antes… Pasó el tiempo, se casaron y fueron muy felices juntos. Envejecieron y un día, ella falleció… En el funeral, todos se compadecían del señor, "pobre del esposo, está ciego y la necesitaba", murmuraban.

En el velorio, el esposo se notaba un poco triste, pero su comportamiento y movimientos indicaban algo… Un amigo se le acercó y le dijo "¿no que estabas ciego?" y él le respondió "no, nunca lo estuve… Pero si ella hubiera sabido que jamás estuve enfermo, de ningún modo hubiera aceptado casarse conmigo… Yo la amaba y la sigo amando tal y como era, pues para mí siempre fue hermosa".

Me he enamorado


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Por: Antonio García Guerrero

El amor me tiene pensando en ti
no te dejo de pensar ni un instante
te haz metido tanto en mi cabeza que hasta escucho tu voz
me he enamorado, me he enamorado

Estoy totalmente enamorado
lo único que quiero es estar a tu lado
mirarte a los ojos y decirte lo mucho que te amo
compartir alegrías y para por siempre seguirte amando

Tomaste algo que era tuyo desde el principio
mi corazón solo dice tu nombre
mi corazón late por tu voz
mi corazón brilla con su esplendor el mirar te a los ojos
me he enamorado

El ruiseñor y la rosa


Esta historia me la compartió un amigo, y aun que se me hizo triste realmente es muy hermosa. Espero y les guste.


ruise%C3%B1orrosa[1]Oscar Wilde
– Dijo que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas -exclamó el joven estudiante-; pero no hay ni una sola rosa roja en todo mi jardín.

Desde su nido en la encina le oyó el ruiseñor, y miró a través de las hojas y se quedó extrañado.

– Ni una sola rosa roja en todo mi jardín -exclamó el estudiante; y sus hermosos ojos se llenaron de lágrimas.

– ¡Ah, de qué cosas tan pequeñas depende la felicidad! He leído todo lo que han escrito los sabios, y son míos todos los secretos de la filosofía; sin embargo, por no tener una rosa roja, mi vida se ha vuelto desdichada.

– He aquí por fin un verdadero enamorado -dijo el ruiseñor.

– Noche tras noche le he cantado, aunque no le conocía; noche tras noche he contado su historia a las estrellas, y ahora le estoy viendo. Tiene el cabello oscuro como la flor del jacinto y los labios tan rojos como la rosa de sus deseos; pero la pasión ha hecho que su rostro parezca de pálido marfil, y el dolor le ha puesto su sello sobre la frente.

– El príncipe da un baile mañana por la noche -musitó el estudiante-, y mi amada estará entre los invitados. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el alba Si le llevo una rosa roja, la tendré entre mis brazos, y reclinará la cabeza en mi hombro, y su mano estará prisionera en la mía. Pero no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, así es, que estaré sentado solo, y ella pasará desdeñándome. No me prestará atención alguna y se me romperá el corazón.

– He aquí ciertamente el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor.

– Lo que yo canto, él lo sufre; lo que es para mí alegría es dolor para él. En verdad el amor es maravilloso; es más precioso que las esmeraldas y más costoso que los finos ópalos. No se puede comprar con perlas ni con granates, ni está a la venta en el mercado, no lo pueden comprar los mercaderes, ni se puede pesar en la balanza a peso de oro.

– Los músicos estarán sentados en su estrado -dijo el joven estudiante-, y tocarán sus instrumentos de cuerda y mi amada danzará al son del arpa y del violín. Danzará tan ligera que sus pies no rozarán el suelo, y los caballeros de la corte, con sus trajes alegres, estarán todos rodeándola. Pero conmigo no bailara, pues no tengo una rosa roja para darle.

Y se arrojó sobre la hierba, y ocultó el rostro entre las manos y lloró.

– ¿Por qué llora? -preguntó una lagartija verde, cuando pasaba corriendo junto a él con el rabo en el aire.

– Eso, ¿por qué? -dijo una mariposa que revoloteaba persiguiendo a un rayo de sol.

– Sí, ¿por qué? -susurró una margarita a su vecina, con una voz suave y baja.

– Está llorando por una rosa roja -dijo el ruiseñor

– ¡Por una rosa roja! –exclamaron-; ¡Qué ridículo!

Y la lagartija que era algo cínica, se rió abiertamente.

Pero el ruiseñor comprendía el secreto de la pena del estudiante, y permaneció posado silencioso en la encina, y pensó en el misterio del amor.

De pronto desplegó sus alas pardas para emprender el vuelo y hendió los aires. Pasó por la arboleda como una sombra, y como una sombra voló a través de jardín. En el medio del césped crecía un hermoso rosal, y al verlo voló hacia él y se posó sobre una rama.

– Dame una rosa roja –exclamó-, y te cantaré mi más dulce canción.

Pero el rosal negó con la cabeza.

– Mis rosas son blancas –respondió-, tan blancas como la espuma del mar, y más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve a ver a mi hermano, el que trepa alrededor del viejo reloj de sol y te dará tal vez lo que deseas. Así es que el ruiseñor se fue volando hasta el rosal que crecía en torno al viejo reloj de sol.

– Dame una rosa roja –exclamó-, y te cantaré mi más dulce canción.

Pero el rosal negó con la cabeza.

– Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como el cabello de la sirena que se sienta en un trono de ámbar y más amarillas que el narciso que florece en el prado antes de que llegue el segador con su guadaña. Pero ve a ver a mi hermano, el que crece al pie de la ventana del estudiante, y te dará tal vez lo que deseas. Así es que el ruiseñor se fue volando hasta el rosal que crecía al pie de la ventana del estudiante.

– Dame una rosa roja –exclamó-, y te cantaré mi más dulce canción.

Pero el arbusto negó con la cabeza.

– Mis rosas son rojas –respondió-, tan rojas como los pies de la tórtola, y más rojas que los grandes abanicos de coral que se mecen y mecen en la sima del océano; pero el invierno me ha congelado las venas, y la escarcha me ha helado los capullos, y la tormenta me ha roto las ramas, y no tendré rosas este año.

– Una rosa roja es todo lo que necesito -exclamó el ruiseñor-, ¡sólo una rosa roja! ¿No hay ningún medio por el que pueda conseguirla?

– Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.

– Dímelo -dijo el ruiseñor-, no tengo miedo.

– Si quieres una rosa roja -dijo el rosal-, tienes que hacerla con música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Debes cantar para mí con el pecho apoyado en una de mis espinas. A lo largo de toda la noche has de cantar para mí, y la espina tiene que atravesarte el corazón, y la sangre que te da la vida debe fluir por mis venas y ser mía.

– La muerte es un alto precio para pagar una rosa roja -exclamó el ruiseñor-, y la vida nos es muy querida a todos. Es grato posarse en el bosque verde, y contemplar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perla. Dulce es la fragancia del espino, y dulces son las campanillas azules que se esconden en el valle y el brazo que el viento hace ondear en la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida, ¿y qué es el corazón de un pájaro comparado con el corazón de un hombre?

Así es que desplegó las alas pardas para emprender el vuelo y hendió los aires. Pasó veloz sobre el jardín como una sombra, y como una sombra atravesó volando la arboleda.

El joven estudiante todavía estaba echado en la hierba, donde le había dejado, y las lágrimas aún no se habían secado en sus hermosos ojos.

– ¡Sé feliz! -exclamó el ruiseñor-, ¡sé feliz! ; tendrás tu rosa roja. Te la haré de música a la luz de la luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Todo lo que te pido a cambio es que seas un verdadero enamorado, pues el amor es más sabio que la filosofía, por sabia que ésta sea, y más fuerte que el poder, por potente que sea éste. Del color de la llama son sus alas, y de color de llama tiene el cuerpo. Sus labios son dulces como la miel y su aliento es como el incienso.

El estudiante alzó los ojos de la hierba y escuchó, mas no pudo entender lo que le estaba diciendo el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.
Pero la encina comprendió y se puso triste, porque quería mucho al pequeño ruiseñor que había hecho su nido entre sus ramas.

– Cántame una última canción -musitó-: me sentiré muy sola cuando te hayas ido.

Así es que el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que sale a borbotones de una jarra de plata.

Cuando hubo terminado su canción, el estudiante se levantó, y sacó un cuaderno y un lápiz de su bolsillo.

– Él tiene estilo -dijo para sí, mientras caminaba a través de la arboleda-, eso no se le puede negar, pero ¿tiene sentimientos? Me temo que no. De hecho, es como la mayoría de los artistas, es todo estilo, sin ninguna sinceridad. No se sacrificaría por los demás. Piensa tan sólo en la música, y todo el mundo sabe que las artes son egoístas. Sin embargo es preciso admitir que hay notas hermosas en su voz. ¡Qué lástima que no signifiquen nada, ni tengan ninguna utilidad práctica!

Y entró en su habitación y se echó sobre el pequeño jergón, y se puso a pensar en su amor, y al cabo de un tiempo se quedó dormido.

Y cuando la luna brilló en el cielo, fue volando al rosal el ruiseñor y puso su pecho contra la espina. Cantó toda la noche con el pecho contra la espina, y la luna de frío cristal, se asomó para escucharla. A lo largo de toda la noche estuvo cantando, y la espina penetraba más y más profundamente en su pecho, y la sangre, que era su vida, fluía fuera de él.

Cantó primero el nacimiento del amor en el corazón de un adolescente y de una muchacha. Y en la rama más alta del rosal floreció una rosa admirable, pétalo a pétalo, a medida que una canción seguía a otra canción. Pálida era al principio, como la bruma suspendida sobre el río; pálida como los pies de la mañana, y de plata, como las alas de la aurora. Como la sombra de una rosa en un espejo de plata, como la sombra de una rosa en el estanque, así era la rosa que florecía en la rama más alta del rosal.

Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretara más contra la espina.

– ¡Apriétate más, pequeño ruiseñor! -gritaba el rosal-, ¡o llegará el día antes de que esté terminada la rosa.!

Así es que el ruiseñor se apretó más contra la espina, y su canto se hizo cada vez más sonoro, pues cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una doncella.

Y un delicado arrebol rosado vino a los pétalos de la rosa, como el rubor del rostro del novio cuando besa los labios de la novia. Pero la espina no había llegado aún al corazón del pájaro, así que el corazón de la rosa seguía siendo blanco, pues sólo la sangre del corazón de un ruiseñor puede teñir de carmesí el corazón de una rosa. Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretara más contra la espina.

– ¡Apriétate más, pequeño ruiseñor! -gritaba el rosal-, ¡o llegará el día antes de que este terminada la rosa!

Así es que el ruiseñor se apretó más contra la espina, y la espina tocó su corazón, y sintió que le atravesaba una intensa punzada de dolor. Amargo, amargo era el dolor, y más y más salvaje se elevó su canto, pues cantaba al amor que se hace perfecto por la muerte, al amor que no muere en la tumba.

Y la rosa admirable se volvió carmesí, como la rosa del cielo en el oriente. Carmesí era el ceñidor de pétalos, y carmesí como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor se volvió más débil, y sus pequeñas alas empezaron a batir, y un velo le cubrió los ojos. Más y más débil se tornó su canto, y sintió que algo le ahogaba en la garganta.

Moduló entonces un último arpegio musical. La luna blanca lo oyó y se olvidó del alba, y se quedó rezagada en el cielo. La rosa roja lo oyó, y tembló toda de arrobamiento, y abrió sus pétalos al aire frío de la mañana. El eco se lo llevó a su caverna púrpura de las colinas, y despertó de sus sueños a los pastores dormidos. Flotó a través de los juncos del río, y ellos llevaron su mensaje al mar.

– ¡Mira, mira! -gritó el rosal- ¡La rosa ya está terminada!

Pero el ruiseñor no respondió, pues yacía muerto en la hierba alta, con la espina en el corazón. Y al mediodía el estudiante abrió la ventana y se asomó.

– ¡Mira!, ¡Qué suerte tan maravillosa! –exclamó- ¡he aquí una rosa roja! No había visto en mi vida una rosa semejante. Es tan bella que estoy seguro que tiene un largo nombre latino.

Y se inclinó y la arrancó. Se puso luego el sombrero y se fue corriendo a casa del profesor con la rosa en la mano.

La hija del profesor estaba sentada en el umbral, devanando seda azul alrededor de un carrete, con su perrito echado a sus pies.

– Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja. -exclamó el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo entero. La llevarás prendida esta noche cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos ella te dirá cuánto te quiero.

Pero la muchacha frunció el ceño.

– Temo que no me vaya bien con el vestido -respondió- y, además, el sobrino del chambelán me ha enviado joyas auténticas, y todo el mundo sabe que las joyas cuestan mucho más que las flores.

– ¡Bien, a fe mía que eres una ingrata! -dijo el estudiante muy enfadado.

Y arrojó la rosa a la calle, donde cayó en el arroyo, y la rueda de un carro pasó por encima de ella.

– ¿Ingrata? -dijo la muchacha-. Y yo te digo que tú eres un grosero, y, después de todo, ¿quién eres tú? Sólo un estudiante. !Cómo!, No creo que tengas ni siquiera hebillas de plata para los zapatos, como tiene el sobrino del chambelán.
Y se levantó de la silla y entró en la casa.

– ¡Qué cosa tan necia es el amor! – -se dijo el estudiante mientras se marchaba-. No es ni la mitad de útil que la lógica, pues no prueba nada, y siempre nos dice cosas que no van a suceder, y nos hace creer cosas que no son ciertas. De hecho, es muy poco práctico, y como en estos tiempos ser práctico lo es todo, me volveré a la filosofía y estudiaré metafísica.

Así es que volvió a su habitación, y sacó un gran libro polvoriento, y se puso a leer.

Historia del amor imposible


a3325103Por: Alejandro Olvera
Hace ya algún tiempo, un joven poeta llamado Juan escribió unos párrafos dirigidos hacia una persona, una chica de nombre Rosa a quien este enamorado hombre ya había confesado sus sentimientos con anterioridad, pero desafortunadamente estos no fueron correspondidos.

Juan era huérfano, había vivido duramente toda su infancia y parte de su juventud en una casa hogar donde se hizo amigo de una sencilla joven llamada María, con quien de hecho tenía mucho en común, ninguno de los dos había sido adoptado y por ende tuvieron que salir a enfrentar la vida al cumplir la mayoría de edad, para ahora sí, valerse por sí mismos.

Debido a su gran amistad al reencontrarse fuera decidieron compartir casa pagando la mitad de los gastos cada quien. Y es por esto que María tenía la oportunidad de acompañarlo cada vez que escribía algo. A ella le gustaba observar como de la imaginación de aquel hombre fluían tan hermosas palabras, además sabía de antemano que su amigo tenía ya una enorme colección de hojas violeta en su armario. Cierto día le llamó más la atención el que es vez haya utilizado una hoja color carmesí, pues Juan siempre utilizaba hojas violeta, “El color de las hojas, hace los poemas más especiales, además el violeta es mi color favorito”, decía muy seguido él.

Inspirado como nunca antes, Juan seguía aferrado a conseguir el amor de Rosa, pues para el lo era todo, era simple y sencillamente su felicidad. María estaba envuelta e un mar de dudas, ¿por qué Juan habría cambiado de color esta vez?, ¿qué será lo que estará tramando?, ¿por qué se ve tan feliz? Sin titubear, se armó del valor suficiente para preguntarle si ese poema se lo entregaría a alguien, pues definitivamente no combinaría para nada una hoja de color distinto a las demás. Él se limitó solo a sonreír, pero no le respondió.

Pasaron los años y ese poema jamás fue entregado. Juan lo guardo por mucho tiempo aún sabiendo que nunca sería correspondido. Un día despertó decidido, intentaría nuevamente conquistar a Rosa y para tal, entregaría aquel poema que había escrito con nada más que sus enteros sentimientos. Se levantó, se arregló y perfumó y salió rumbo al mercado, pues seguramente y como todos los días, encontraría a Rosa atendiendo su tienda.

Juan se acercó sigilosamente al área, al tiempo que una persona observaba lo acontecido. Observó todo, incluso el instante en que Juan, tímidamente entregaba aquella hoja carmesí. Entre la muchedumbre se sintió un silencio extraño, el tiempo se detuvo y esta persona no pudo hacer más que soltarse en llanto. Las lagrimas caían sobre sus mejillas sin que pudiese hacer algo, y fue así que procurando pasar desapercibida se fue llorando a casa.

Por otro lado, Rosa sabía de lo que se trataba ya todo el enredo, no se dio siquiera el tiempo de leer el escrito y sin pensarlo dos veces, tomó aquella hoja para romperla frente a los ojos de Juan. Tal como esa hoja, el corazón del joven también quedó destrozado. Él agachó el rostro y se retiró  lentamente del lugar, se dirigió a su casa y se refugió en el desván.

Al encontrarse allí, notó un pequeño agujero en la pared de una esquina, quizá la vivienda de un ratón; no le tomó importancia. Se sentó a pensar un poco y tras unos minutos, estando consciente de que su amor jamás sería correspondido, se hizo a si mismo la promesa de jamás volver a amar. Pasaron algunos días pero su deseo de sacar lo que sentía fue más fuerte que su voluntad por cumplir lo que se propuso, decidió a seguir escribiendo poemas, todos inspirados por el amor imposible de corresponder que le tenía a Rosa.

Varios años después Juan seguía plasmando sus sentimientos en papel, sabía que nadie nunca los leería pues aquel día de reflexión encontró el escondite perfecto. Utilizó el agujero entre la pared para ocultar cada escrito que realizaba. Pero un tranquilo día de verano su preciada inspiración se acabó.

La persona a la que amaba con toda su ser, Rosa, falleció. Al saber la noticia, Juan desconsolado subió las escaleras y se dirigió al desván, se detuvo un momento en la esquina para tomar sus escritos, leyó algunos y meditó sobre su vida, notó que ya era un viejo. Pero nunca valoró que sólo le quedaba la compañía de una persona que jamás lo dejó, su amiga María.

Juan se dio cuenta que desperdicio toda su vida buscando algo que de antemano sabía que jamás seria suyo. Sin pensar en su amiga, tomó una soga y se suicido. Cuando María entro en el área y vio el cuerpo de Juan, soltó en llanto y recordó el instante en que Juan entrego la hoja carmesí, sabía que Juan jamás la había amado y fue por eso que prefirió guardarse sus sentimientos por siempre, triste, desconsolada y sin motivos para seguir viviendo se suicidó también.


Del autor: “Sé que no es una fábula… pero… ¿Cual es la moraleja?”

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